domingo, 19 de julio de 2009

El jardín

Una última sonrisa, un beso que culmina en un abrazo cargado de energía, las primeras lágrimas, romper el silencio de una despedida con un Gracias! Cerrar la puerta donde se quedan encerrados infinidad de instantes irrepetibles, de momentos irreales, de sueños ahora muertos por haberse vuelto realidad, de vivencias ahora inmortalizadas en recuerdos.

Son muchos tipos de lágrimas las que salen de este par de globos oculares; de tristeza, de añoranza, de melancolía, de emoción, de ansias, de felicidad y sobretodo de agradecimiento. Es por gente como de la que ya me he despedido, que comprendo que en realidad cuando se dice adiós a un amigo, no se hace una resta de la gente que nos rodea, sino una suma a los ángeles que se vuelven parte inamovible de nuestro camino.

Comprendo y sé, que el estado físico y material de las personas es sólo eso, materia que crece, envejece y muere.; estado efímero de la naturaleza humana. Es en cambio, la esencia que trasciende y perdura eternamente, la que encuentra su lugar de pertenencia en lo más profundo de nuestro interior.

Ahora que los sucesos de mi vida se han subido a esa montaña rusa con pendientes vertiginosas, elevaciones inimaginables, velocidad inalcanzable y miedo disfrutable, necesito suavizar el agotamiento emocional. Cierro los ojos y decido viajar a mis lugares aislados, a mis cuevas secretas, a mis montañas sin conquistar, a mis mares sin navegar, a mi magia sideral, a mi lugar de reflexión, al interior de mi propio ser para regalarme instantes de meditación, tranquilidad y paz. Viajo hasta allí y me fundo con ese lugar donde el tiempo no pasa, no lastima ni apresura, donde lo único que existe es la naturaleza eterna del alma humana.

He invitado a una persona a este viaje. La esencia de mujer que a pesar de todo y todos siempre ha permanecido determinante a morir de pie junto a mí. La que me conoce, comparte, arriesga, tropieza, cae, levanta, ríe, sueña, canta, grita, ama y vive conmigo. Es momento para tener una charla frente a frente, sincera y sin limitaciones conmigo.

Viajaremos a ese lugar ideal, el único donde podemos ser materia y espíritu, cuerpo y alma, tierra y aire, donde podemos ser dos planos y ser uno a la vez. Este lugar, es mi mundo perfecto, mi nube que no se desvanece, mi catarsis que libera, mi sangre ardiente por venas y arterias, mi vuelo por cielos e infiernos, mi estado levitatorio en el limbo de mis cambios revolucionados, mi eterno atardecer entre días y noches que nunca llegan, mi instante eterno e inamovible. Cierro los ojos, evoco a esa yo que vive en mi inconsciente, subconsciente y a veces consciente y nos dirigimos hacia ese lugar: es un jardín lleno de flores, hay bugambilias de todas tonalidades, árboles de dólar, tulipanes, lilis, girasoles, aves de paraíso, rosas rojas y arbustos frondosos; mariposas y colibrís son la fauna que habita. Reina un olor a tierra mojada que hipnotiza los sentidos. Hay varios senderos formados con piedras de río que de vez en cuando se cruzan y juegan a enredarse, pero todos culminan su trayecto en esa fuente hecha de piedra que cobra vida gracias al juego inquieto del agua entre los niveles de su complexión, que sube y baja y vuelve a subir, que no para jamás, que está en constante movimiento, en constante cambio, volviéndose energía cinética que no se pierde, que sólo se transforma; esta fuente alberga a una familia de peces dorados con velos cobre y otros más naranjas con velos blancos. El cielo es color ámbar con destellos de un púrpura tímido que avisa que la energía del sol ha decido acudir a la ayuda de otras almas que necesitan un poco de luz en su camino. Yo, disfruto ese color ámbar, un color mágico que recuerda la presencia de un sol pasajero y que coquetea con la luz de una luna tímida que se siente más cómoda saliendo de noche; ese ámbar con destellos púrpuras y pinceladas doradas, es un color de transición, no es día, no es noche, es el estado perfecto en que el sol ha dejado su huella, la energía suficiente, la esperanza de un mañana, la fuerza del vivir despierto, la energía necesaria que debemos guardar en el interior para esos días de obscuridad. Es luz, pero no deslumbra, no es noche pero te mantiene alerta a la obscuridad, es preparación, es cambio, es revolución, es transición, es constante renovación… es un ámbar que dura un segundo en el firmamento de la vida terrenal pero que se vuelve eterno en la vida espiritual.

Estoy en mi jardín; hablo conmigo, buceo en mis ideas, mis sentimientos, mis acciones, mis magias y ahí estoy… consciente, conforme, tranquila, agradecida y en paz, estoy sola conmigo pero a la vez llena y desbordante de todos esos mensajes, momentos, vivencias, lugares, enseñanzas y lecciones que me regalaron esas personas que ayer fueron mis hermanos, pero que en un mañana y en un para siempre se han convertido en mis ángeles.

Me duele el corazón. Lo siento romperse en mil pedazos, pedazos que se quedan dentro y que se van de vuelta a donde ahora pertenecen. Sé que el hogar es donde el corazón está, pero el mío a pesar de saber cuál es ese lugar a donde ya quiere llegar, el día de hoy es lo suficientemente fuerte como para fragmentarse un poco más y enviar cada parte nueva a esos puntos del globo terráqueo donde viven las personas de mi corazón. Francia, Colombia, Italia, España, México...

Me miro sentada en ese jardín y descubro que mi corazón se ha roto en pedazos. Pedazos que a su vez son partes irremplazables del rompecabezas de mi vida.

Mi corazón está hecho pedazos y es así como deseo que permanezca, fragmentado en pequeñas piezas embonables entre sí. Ahora, de su unión, del tener ese rompecabezas completado dependerá la fuerza de su diario latir.

Si un día una de esas piezas me faltara, entonces, sencillamente que no me permita despertar…

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